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- Si no causa más problemas - añadió Igan.
- Siempre podemos aprovecharlo - comentó Glisson -. O intentar formar otro Svengaard
y reeducarlo - afirmó al Cyborg -. No es necesario tomar una decisión ahora mismo. Ya lo
pensaremos. Svengaard permaneció en silencio, helado por la ausencia de emoción en la
voz de aquel hombre. Un tipo duro y brutal, pensó, un tipo dispuesto a todo. Un asesino.
- Entonces, llévenlo a la cabina - dijo Glisson -. Entre todos. Tenemos que... - El Cyborg
se interrumpió y observó la megápolis.
Svengaard dirigió la mirada hacia las hileras de luces blancoazuladas, a lo lejos. Una
llamarada parpadeante había aparecido a la izquierda. Otra detrás... una hoguera
gigantesca al fondo, por encima de las montañas iluminadas por la luna. Más lenguas de
fuego surgieron por la derecha. Un sonido espantoso le hizo estremecerse y arrancó una
vibración del furgón metálico por simpatía.
- ¿Qué ocurre? - preguntó Lizbeth.
- ¡Quietos! - gritó Glisson -. Quietos y observen.
- ¡Dioses! - murmuró Lizbeth -. ¿Pero qué es eso?
- La muerte de una megapolis - les anunció Boumour.
De nuevo el sonido hizo vibrar el furgón. - Duele - gimió Lizbeth.
- ¡Malditos sean! - Harvey la abrazó.
- Aquí arriba duele - dijo Igan, en tono glacial -. Allí abajo mata.
Empezó a aparecer una niebla verde, a unos diez kilómetros por debajo de ellos.
Avanzaba como un mar de nubes, engullendo lo que encontraba a su paso: colinas, luces,
las llamas amarillas.
- ¿Cree que utilizarán la niebla de la muerte? - preguntó Boumour.
- Estamos seguros - contestó Glisson.
- Lo supongo - dijo Boumour -. Van a esterilizar el área.
- ¿Qué es? - preguntó Harvey.
- Sale de las conducciones de aire por las que administraban el gas contraconceptivo -
informó Boumour -. Una partícula... y es el fin.
Igan se dio la vuelta y miró a Svengaard. - Ellos son los que nos aman y se preocupan
por nosotros - se burló.
- ¿Qué está sucediendo? - preguntó Svengaard.
- ¿Acaso no lo oye? ¿No lo ve? Sus amigos, los Optimen, están esterilizando Seatac.
¿Tenía amigos allí?
- ¿Amigos? - Svengaard hablaba con voz entrecortada. Miró la bruma verde. Las
lejanas luces se habían apagado.
Otra vez las ondas expansivas llegaron a ellos, sacudieron el suelo y el furgón.
- ¿Qué piensa de ellos ahora? - le acució Igan. Svengaard negó con la cabeza, incapaz
de articular palabra. Se preguntó por qué no tendría un mecanismo de desconexión para
evitar aquel espectáculo. Se sentía prisionero de unas emociones que habían ido mucho
más allá de cualquier otra experiencia anterior... una aberración permitida. Sus sentidos le
engañaban, eso era. Se trataba de un caso especial de autoengaño.
- ¿Por qué no me responde? - dijo Igan.
- Déjele en paz - intervino Harvey -. Todos sufrimos nuestros fracasos. ¿No tiene usted
sentimientos?
- Lo está viendo y no lo cree - dijo Igan.
- ¿Cómo han podido hacerlo? - murmuró Lizbeth.
- Autoconservacion - gruñó Boumour -. Un instinto que, al parecer, nuestro amigo
Svengaard no posee. Tal vez lo formaron así.
Svengaard continuaba contemplando la nube verde. Flotaba silenciosa y furtiva. La
gran extensión de oscuridad donde antes había luz y vida le hizo darse cuenta de su
propia mortalidad. Pensó en sus amigos, los compañeros del hospital, los embriones, su
compañera.
Todo destruido.
Se sentia vacío, incapaz de sentir ninguna emoción, ni siquiera de dolor. Sólo podía
preguntarse: ¿Cuál ha sido el propósito?
- A la cabina - ordenó Glisson -. Al suelo, en la parte posterior.
Manos poco amables levantaron a Svengaard. Identificó a Boumour y a Igan. El
aspecto impasible del conductor le intrigaba. Nunca antes habla conocido a un ser
humano capaz de tanta indiferencia.
Le empujaron al suelo de la cabina. El borde afilado del brazo de un asiento se le clavó
en el costado. Varios pies le rodeaban. Alguien le dio un puntapié en el estómago y se
echó hacia atrás.
Las turbinas se pusieron en marcha y una puerta se cerró. Otra vez en marcha.
Svengaard quedó sumido en una especie de estupor.
Lizbeth, sentada en un banco que había sobre el, suspiró. Al oírla, Svengaard sintió
cierta compasión, su primer sentimiento desde la conmoción que le había causado la
muerte de la megapolis.
¿Por qué lo han hecho? se preguntó. ¿Por qué? En la oscuridad, Lizbeth aferró la
mano de Harvey. Un rayo de luna le permitió distinguir la silueta de Glisson sentado
delante de ella. Los movimientos mínimos, la sensación de poder en cada uno de sus
actos, la llenaron de inquietud. Le dolía y picaba la herida de la operación, pero se
abstuvo de rascarse por miedo. El Servicio de Agentes había empleado mucho tiempo en
cimentar la organización, engañando tanto a los Cyborg como a los Optimen. En parte lo
habían conseguido gracias a la humildad. Ahora, el miedo se lo había recordado.
A través de las manos, Harvey indicó: - Boumour e Igan; ahora puedo leerles. Son
nuevos Cyborg. Es probable que sólo en primer grado, con ordenadores implantados.
Ahora se están dando cuenta del precio que deben pagar: desprenderse de las
emociones humanas normales y falsearlas. Ella pensó en aquellas palabras y les vio [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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