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-Vosotros tres. -El dedo de Miles se extendió hacia tres que huían a la
carrera-. Esperad allí.
Pym agregó su ceño fruncido al gesto para darle más énfasis y los amigos
de Zed se detuvieron, paralizados, con los ojos abiertos y las cabezas
alineadas al nivel del suelo de la galería como si las hubieran colgado allí en
algún viejo paredón de defensa como advertencia para otros malhechores.
-¿Qué les has dicho a tus amigos, Zed? -preguntó Miles con calma-.
Repítelo.
Zed se humedeció los labios.
-Sólo que usted había venido a matar a Lem Csurik, señor.
-Era evidente que Zed se estaba preguntando ahora si el deseo asesino de
Miles incluía a chicos atrevidos e irrespetuosos.
-Eso no es verdad, Zed. Es una mentira peligrosa.
Zed parecía extrañado.
-Pero papá... dijo eso.
-La verdad es que he venido a atrapar a la persona que mató al bebé de
Lem Csurik. Puede que sea Lem. Y puede que -no. ¿Entiendes la diferencia?
-Pero Harra dijo que Lem lo hizo y ella tiene que saberlo, es su marido.
-El cuello del bebé estaba roto. Harra cree que fue Lem, pero no le vio
hacerlo. Lo que tú y tus amigos tenéis que entender es que yo no pienso
cometer errores. No puedo condenar a la persona que no lo haya hecho. Mis
drogas de la verdad no me dejarán hacerlo. Lo único que tiene que hacer Lem
Csurik es venir aquí y decirme la verdad y su nombre quedará limpio. Si
realmente es inocente. Pero supón que sí lo hizo. ¿Qué tengo que hacer con
un hombre que mata a un bebé, Zed?
Zed hizo un gesto de indiferencia.
-Bueno, al fin y al cabo era sólo una mutante... -dijo y después cerró la boca
y enrojeció, sin mirar a Miles.
Tal vez era mucho pedirle a un chico de doce años que se interesara por un
bebé... mucho menos un mutante... no, mierda, no. No era mucho pedir. Pero
¿cómo llegar a tocar el fondo de esa superficie defensiva? Y si Miles ni siquiera
podía convencer a un muchachito de doce años, ¿podía transformar como por
arte de magia a todo un distrito de adultos? La ola de desesperación que lo
invadió le dio ganas de gritar. Esa gente era tan insoportable, tan imposible.
Controló su temperamento con firmeza.
-Tu padre fue uno de los veinte, Zed. ¿Estás orgulloso de que sirviera al
emperador?
-Sí, señor. -Los ojos de Zed buscaban una salida, atrapados entre esos
adultos terribles.
Miles continuó.
-Bueno, estas prácticas... matar a los mutantes, avergüenzan al emperador
cuando representa a Barrayar ante toda la galaxia. Yo estuve allí. Y lo sé. Nos
llaman salvajes por los crímenes de unos pocos. Esas muertes avergüenzan al
conde, mi padre, ante sus pares y al valle Silvy ante todo el distrito. Un soldado
obtiene gloria matando a un enemigo armado, no a un bebé. Este asunto toca
mi honor como Vorkosigan que soy, Zed. Además... -Los labios de Miles
esbozaron una sonrisa helada, sin alegría y se inclinó hacia adelante en su
silla, con toda su atención. Zed retrocedió tanto como se atrevió...-. Además, te
sorprenderías de las cosas que solo-un-mutante puede hacer. Eso fue lo que
juré sobre la tumba de mi abuelo.
Zed parecía más asustado que convencido, y su indolencia se había
convertido casi en servilismo. Miles se recostó en su silla y lo soltó con un
movimiento de la mano.
-Vete a jugar, niño.
Zed no necesitaba que le metieran prisa. Él y sus compañeros salieron
disparados como si hubieran estado atados y con la cuerda tensa y alguien los
hubiera soltado de pronto.
Miles tamborileó los dedos sobre el brazo de su sillón y frunció el ceño en un
silencio que ni Pym ni Dea se atrevieron a romper.
-Esta gente de las colinas es muy ignorante, señor -ofreció Pym como
consuelo después de un minuto.
-Esta gente de las colinas es mi gente, Pym. Su ignorancia es... una
vergüenza para mi casa. -Miles calló pensativo y amargado. ¿Cómo era que
todo ese lío se había convertido en algo suyo? Él no lo había creado.
Históricamente, sólo había nacido allí, eso era todo-. La persistencia de su
ignorancia, por lo menos -corrigió para ser justo. Pero todavía le pesaba como
una montaña sobre los hombros ¿El mensaje es de verdad tan complejo ¿Tan
difícil? «No matéis más a los niños.» No es como si les pidiéramos que
aprendieran la matemática de navegación del espacio 5 -el horror del último
semestre de Miles en la Academia.
-No es fácil para ellos -contestó Dea y se encogió de hombros- Es fácil para
las autoridades centrales hacer las reglas, pero esta gente tiene que vivir las
consecuencias minuto a minuto. Tienen tan poco... y las nuevas reglas los
obligan a entregar su margen a otros marginales que no pueden pagarles lo
que deben. Las viejas costumbres eran sabias, en los tiempos antiguos. Incluso
ahora deberíamos preguntarnos cuántas reformas prematuras podemos
permitirnos en este intento de copiar a las galaxias.
¿Y cuál es su definición de un marginal, Dea?
-Pero el margen está creciendo -respondió Miles en voz alta-. Los lugares
como éste ya no sufren hambrunas todos los inviernos. No están aislados
cuando viene un desastre natural y reciben ayuda de un distrito u otro bajo el
sello imperial... todos estamos más conectados, y la comunicación aumenta
con tanta rapidez como podemos. Además -Miles hizo una pausa y agregó, con
algo de debilidad-, tal vez usted mismo los está subestimando.
Dea alzó las cejas en un gesto de profunda ironía. Pym caminaba de un lado
a otro de la galería, pasando su detector sobre todo lo que veía, mientras volvía
a revisar los arbustos que les rodeaban. Miles, que se volvió sobre la silla para
buscar su taza de té ya casi frío descubrió un leve movimiento, un brillo de
ojos, detrás del vidrio abierto de la ventana de enfrente que dejaba entrar el
aire del verano... La señora Karal, de pie, helada, escuchando. ¿Desde hacía
cuánto tiempo? Desde que había llamado a Zed, supuso Miles, e hizo un gesto
para llamarle la atención. Cuando sus ojos se encontraron con los de Miles, ella
levantó el mentón, respiró hondo y sacudió la tela que tenía entre las manos
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