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Akin dejó que lo llevasen a las canoas de los bandoleros. Ahora tenían dos: la que
tenían al principio y otra, más ligera, que habían encontrado en Hillmann. A Akin lo
colocaron en la nueva, entre dos equilibrados montones de artículos de comercio. Tras
uno de estos montones remaba Iriarte. Frente al otro lo hacía Kaliq. Al menos, Akin se
alegraba de no tener que estar preocupado por los pies o el remo de Galt. Y continuaba
evitando a Damek siempre que le era posible, a pesar de que el hombre se mostraba
amistoso hacia él. Actuaba como si el niño no le hubiese visto golpear a Tino.
8
En Vladlengrad había oankali. Galt los vio por entre la lluvia, en otra de las
bifurcaciones del río. Estaban muy lejos y, al principio, el mismo Akin no los vio: seres
grises, deslizándose fuera del agua gris hasta la sombra de los árboles de la orilla, y todo
ello bajo una fuerte lluvia.
Los hombres ignoraron su cansancio para remar con fuerza hacia el ramal izquierdo del
río, abandonando el derecho, que llevaba a Vladlengrad y los oankali.
Los hombres remaron hasta que estuvieron absolutamente exhaustos. Al fin, de mala
gana, se arrastraron ellos y arrastraron sus botes hasta una orilla baja. Ocultaron los
botes, comieron pescado ahumado y frutas secas de Siwatu, y bebieron un vino no muy
fuerte. Kaliq cogió a Akin en brazos y le dio un poco de vino. El niño descubrió que le
gustaba, pero sólo bebió un poquito: a su cuerpo no le agradaba la desorientación que
provocaba y, de tomar una cantidad mayor, la hubiera expulsado. Cuando hubo comido
los alimentos que le dio Kaliq, fue a buscar algo más que pastar por los alrededores.
Recogió varias nueces grandes en una hoja ancha y se las llevó a Kaliq.
Ya he visto esto antes le dijo Kaliq, examinando una nuez . Creo que son de una
de las especies nuevas, de después de la guerra. Me preguntaba si serían buenas o no
para comer.
Yo no las comería le aconsejó Galt . Paso de todo lo que no existía antes de la
guerra.
Kaliq tomó dos de las nueces en una mano y las apretó. Akin pudo oír romperse las
cascaras. Cuando abrió la mano varias semillas, pequeñas y redondas, rodaron entre los
fragmentos de cascara. Kaliq se las ofreció a Akin, y éste tomó la mayoría, agradecido.
Las comía con tan obvio placer, que Kaliq se echó a reír y también se comió una. La
masticó lenta y cautelosamente.
Sabe a... no sé a qué sabe. Se comió el resto . Son muy buenas, mejores que
todo lo que he comido últimamente.
Se acomodó para ir partiendo y comer el resto, mientras Akin le traía otra hoja de ellas
a Iriarte. En el suelo no había demasiadas de esas nueces buenas: la mayor parte de
ellas estaban infectadas por insectos, así que comprobaba cada una con la lengua, para
asegurarse de que estaban bien. Y cuando Damek se decidió a recoger nueces por su
cuenta, casi todas ellas estaba infectadas por larvas de insectos. Esto le hizo mirar a Akin
con duda y sospecha. El niño lo vigiló sin mirarle, contemplándole sin ojos, hasta que el
hombre se alzó de hombros y tiró disgustado el resto de las nueces. Volvió a mirar a Akin
y escupió al suelo.
9
Fénix.
Los cuatro resistentes habían estado manteniéndose alejados de él, porque sabían que
Tino había sido de allí. Era el primer sitio que registrarían los oankali, y quizá en donde se
quedasen más tiempo. Pero Fénix también era la más rica de las localidades de
resistentes que conocían. Sus habitantes mandaban gente a las colinas, a recuperar
metal de lugares habitados antes de la guerra, y sabían cómo darle forma. Y en Fénix
había más mujeres que en cualquier otro poblado, porque sus habitantes las cambiaban
por metal. También cultivaban algodón y con él hacían ropa suave y confortable. Y
plantaban y sangraban árboles del caucho, y otros que daban un tipo de aceite que podía
ser usado en sus lámparas, sin necesidad de refinarlo. Y Fénix tenía casas grandes y
hermosas, una iglesia, un almacén general, vastas granjas...
Era, según afirmaban los bandoleros, como una pequeña ciudad de las de antes de la
guerra..., y, desde luego, no parecía estar habitada por gente que hubiera perdido ya las
esperanzas, cuyo único deseo fuera ya matar a unos pocos oankali antes de morir.
En una ocasión casi me quedo a vivir aquí dijo Damek, cuando hubieron escondido
las canoas y comenzado su caminata en fila india hacia las colinas y Fénix. Ésta se
hallaba a muchos días de camino al sur de Hillmann y en un ramal diferente del río; pero,
además, se encontraba situada mucho más cerca de las montañas que la mayoría de los
poblados, tanto comerciales como resistentes.
Juro prosiguió Damek que aquí tienen de todo..., menos críos.
Iriarte, que llevaba a Akin, suspiró quedamente.
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